Paolo Vigo

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Spleen

Sobre el negro fastidio y la lenta amargura Que con su peso cargan la existencia humana Dichoso aquel que puede, con ala vigorosa, Ganar los campos vastos de la eterna hermosura. Elevación. Charles Baudelaire Enfrentado a su permanente dualidad, el ser humano ha mantenido largas y extenuantes luchas tratando de distanciar lo que intrínsecamente está ligado. Nuestra dualidad más saltante y principal motivo de preocupaciones tanto filosóficas como estéticas consolidó uno de los pilares de reflexión en el pensamiento moderno: la tensión entre lo material y lo espiritual. Aparentemente hoy, este asunto se ha dado por sentado. Sólo en apariencia. El siglo XX y sus sucesivas declaraciones de muerte de todo lo “sagrado” pusieron de manifiesto la sensación de ruptura y de desasosiego ante la inminente deshumanización de la cultura y del rumbo de las cosas. En nuestros días, la desnudez del alma humana, cada vez más arrinconada ante la ruin cosificación, se torna brumosa, lejana, e incluso se cuestiona su desfasada e incómoda aparición. Fragmentado, inmerso en las mandíbulas del progreso tecnológico, en la banalidad de la inmediatez y sus ridículos extremos, en la crueldad de la injusticia social, el ser humano continúa hoy arrastrando su maldición y su tristeza al no hallar sosiego en ninguna de las quimeras tan bien orquestadas para su inútil disfrute. Llegado a un estado crónico de pesar, el cuerpo se rinde en catatónico sopor esperando “sentir” algo. Y es esta liberación, a partir del estado melancólico, la que puede acortar las terribles brechas que surcan el alma y detener, por un instante, el dolor de la existencia. En las telas de Paolo Vigo seres anónimos, brumosos hasta la incorporeidad; tratan de asir algo que les es esquivo –fragmentos de recuerdos, retazos de paisajes y de cuerpos tornados en símbolos de algo ansiado- agolpándose en una sola maraña que los convierte, ya no en entes protagónicos, sino en elementos divididos conformadores de un solo tejido. Este nuevo tejido se convierte entonces en un espacio desconocido, en el cual aquel caos puede ser indicativo de una posibilidad. Los fragmentos antes huidizos están ahora ligados, trascendiendo así el dolor de infinitas pérdidas, de olvidos inmisericordes, de historias silenciadas sobre las cuales pesados velos fueron corridos y hoy se atreven a levantar una esquina del polvoriento telón. Valeria Quintana Revoredo